miércoles, 17 de noviembre de 2010

DeSPeRTaR

    Mis músculos se sienten relajados, como si fueran muñones de plastelina. Mi rostro, envuelto en un agradable aire gélido, el resto del cuerpo, enterrado entre edredón y colchón a temperatura febril. Intento alargar la mano y, con un movimiento preciso, la dejo caer por su propio peso encima del despertador. Por suerte es un gesto ensayado, nunca falla. Abriendo un ojo después de otro decido que es hora de levantarse, de empezar el dia. Bajo las escaleras mientras envuelvo mi cuerpo en una bata que no se encuentra acorde con mi temperatura y empiezo una de esas típicas mañanas, preparando la cafetera automáticamente. Enciendo el fuego y la poso sobre las llamas. Mientras tanto, voy poniendo en el ordenador algo de música, hasta que la cafetera me da la señal de que si no la visito pronto se echara a perder. Me acerco rápidamente y, lanzando mi mano derecha hacia el asa cometo un error milimétrico y la golpeo en vez de asirla, con lo que la estabilidad de la cafetera baja a mínimos hasta que se vuelve nula y cae derramando todos mis esfuerzos matinales por encima de la cocina... Sí, hoy es uno de esos días en que no me importaría morir, aunque si la muerte me cogiese un día como hoy no tendría a quien llamar.

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