- Hola, buenos días. Solo venia a tramitar un par de asperezas. Si quiere que le diga la verdad no amo nada, no tengo nadie ni nada que me pueda importar, por eso venia a que me aconsejara, porque como usted comprenderá, mi vida es aburrida y no tengo valores que respetar. Acaba resultando un tanto desesperante.
Cuando llegó a su casa, después de haber pasado por el dispensario, dejó las llaves sobre el mueble y se echó en la butaca, por un lado cansado y por el otro expectante, anheloso de saber qué le podía quitar las ganas de vivir que no poseía. El salón que le rodeaba se encontraba casi vacío. El sillón, en el que se encontraba totalmente embutido, de cuero negro desgastado, tras él, tocando con la pared, una mesita de noche con una lámpara de luz tenue, y sobre ella, nueve pequeños cuadros de marco dorado. Un teléfono antiguo cuelga al lado de los cuadros mientras una cajonera custodia la puerta. Frente al sillón, entre dos ventanas, una estantería en la que solo se ven cuatro objetos inservibles. Antaño estaba atestada de cacharros y recuerdos curiosos, pero desde que dejaron de importarle habían ido desapareciendo sin que reparase en su ausencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario